8 de febrero de 2010

¡Huy, el laicismo...! - Jaime Garcia Elias

Dice Fernando Savater que “la ceguera pasional lleva a muchos a tomar por enemistad diabólica con Dios el veto a ciertos sacristanes y demasiados inquisidores”.

Viene a cuento la frase por la iniciativa de reforma al Artículo 4o. de la Constitución, aprobada (la iniciativa; la reforma aún no) en comisiones de la Cámara de Diputados, y enfocada a agregar una palabra al texto vigente hasta hoy. Ya reformada, la norma diría así: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, laica —ésa sería la novedad—, federal, compuesta de estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, pero unidos en una federación establecida según los principios de esta ley fundamental”.

Aunque se trata de una palabrita de apenas cinco letras, que remite —como precisa la Real Academia— a “la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa”, no se requiere demasiada perspicacia para anticipar que los debates en la cámara baja serán un estupendo pretexto para que se desentierren hachas de guerra a las que algunos ingenuos daban por sepultadas desde hace años y felices días.

Por supuesto, no hay tal. Es en vano que el maestro Juventino Castro y Castro, ministro retirado de la Suprema Corte de Justicia, aclare que la laicidad consiste, simple y llanamente, en “actuar con independencia de cualquier criterio religioso”. Es ocioso que Hugo Valdemar Romero, vocero del Arzobispado de México, admita que “es sano un Estado laico” y que en la laicidad va implícita la pluralidad, entendida como el respeto de todas las creencias... o increencias. Otra cosa sería imponer restricciones al derecho de quienes profesan cualquier tipo de creencias, a recibir orientaciones de sus guías espirituales, y de éstos a pronunciarse en uno u otro sentido en el ámbito de su competencia.

Vaya: una vez que el incipiente debate prenda en la sociedad, ni siquiera la sentencia evangélica que conmina a dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 15-21) evitará una nueva guerra fratricida, aunque esta vez —¡ojalá!— sin derramamiento de sangre, entre quienes se ostentan como herederos ideológicos de liberales y conservadores del siglo XIX... ¿Por qué? Porque en México, independientemente del tema de que se trate, difícilmente se dan las condiciones para un debate serio, respetuoso, constructivo, de altura..., y sí, en cambio, cualquier controversia sirve de pretexto para dar, metódicamente, los pasos que van de la descalificación al agravio... y, ya metido en gastos y a la voz de “¡Jijo el que raje!”, a lo que venga.