21 de febrero de 2010

Laicos, ¿sin ética? Miguel Bazdresch Parada

Por unanimidad menos un voto, los diputados añadieron una palabra al artículo 40 de la Constitución para hacer explícito el carácter laico de la República que nos ordena en los asuntos públicos. No obstante que aun falta el trámite de aprobación de los congresos de los estados para que entre en vigor la modificación, se puede decir que vale el añadido para tener la referencia escrita cuando sucedan conflictos. De todos modos, pienso, si suceden servirá de poco más que una referencia, pues, ¿existe algo que podamos llamar ética laica? Si no se dispone de una ética laica sirve poco tener una República laica.

Sin duda la religión es una incomodidad para el ser humano, y no precisamente por las Iglesias que se cobijan o nacen alrededor de una religión: esas son instituciones creadas por seres humanos concretos por intereses y propósitos, cuya dinámica y veleidades se explica por lo veleidosos o sensatos que sean los responsables de dirigirla. La religión no viene de intereses o propósitos concretos y no es un asunto de instituciones. En su sentido más elemental es la respuesta, en la esfera personal, íntima, a la pregunta: ¿a qué o a quién estoy ligado existencialmente? La religión es una pregunta que forma parte de lo que la filosofía moderna llama el “cuestionario existencial” de los seres humanos. La respuesta en la historia de la humanidad ha sido de dos clases solamente: estoy ligado a nada o estoy ligado a la trascendencia. Ambas respuestas se concretan en diversas formulaciones con las cuales se definen un conjunto, muy pequeño la mayor parte de las veces, de creencias indemostrables para la mera razón pero movilizadoras de los dinamismos humanos de los creyentes.

En el asunto del poder público los seres humanos también nos atoramos y nos incomodamos. Y por eso, durante muchos siglos resolvimos el problema del poder con base en las creencias de alguna religión. Así como hacemos una ética personal con base en la religión, hicimos una ética pública con base en creencias religiosas. Funcionó el invento hasta que, entre otros, Maquiavelo dejó clara, mediante un poderoso edificio intelectual, la incompatibilidad de la ética religiosa y la política. No por nada la Iglesia Católica prohibió a sus fieles leerlo. Eso es historia.

La humanidad aún no dispone de una ética laica aceptable por todos. Hay quien la califica de imposible. Una vez que la tengamos, si llega, nuestro querido México ya tendrá el paso segundo: una República laica.