8 de abril de 2010

Pederastia mental || Esteban Garaiz

Las consecuencias del destape universal y del repudio generalizado al abuso infantil, que ha ocasionado en todas las sociedades formadas en el catolicismo (incluida la gran minoría norteamericana), todavía resultan impredecibles; pero quedan ya muy claros la erosión y el deterioro que se perciben en toda la estructura jerárquica de la Iglesia Católica.

La esencia del problema o fenómeno es que lo que hoy está en entredicho social es la jerarquía y no el vínculo religioso entre cada ser humano con la divinidad. Lo que hoy se tambalea es el dominio. Es la aceptación de la feligresía (de la ecclesia entendida en su sentido original de asamblea que decide por sentido común, o sea vox populi) de ser conducida en su conducta (perdón por la redundancia) por una casta superior que se dice nombrada por Dios.

Este entredicho, este poner en duda la validez de la jerarquía, o sea del poder y ascendiente sacerdotal, se acompaña además por la creciente convicción de que el celibato (que no es dogma de fe ni mandamiento mosaico) ha sido en la realidad el caldo de cultivo para el abuso infantil. Por sus dos ingredientes básicos: la abstinencia vitalicia antinatural y el ascendiente sacerdotal de origen divino autonombrado.

Psicólogos y demás especialistas saben que la pederastia como perversión sexual es un acto de dominio brutal, de imposición de superioridad. Conlleva, por eso, la absolución del cómplice y la imposición del secreto.

Difícil, por todo esto, la decisión de la superioridad jerárquica vaticana frente al dilema de qué hacer ahora con la institución de los Legionarios de Cristo: si refundación o la disolución. El tema es de interés para toda la sociedad, porque el fenómeno afecta la vida de toda la convivencia social en nuestros países.

No bastará evidentemente con la hercúlea tarea de erradicar la plaga de la perversión sexual, que ya ocasionó metástasis en seminarios, apostólicas y colegios internados o externados.

El otro problema, mucho más grave, es el de la pederastia mental: el del voto del silencio, el de la secrecía vital, el de la censura, el de la satanización del afecto familiar, que en la inmensa mayoría de los casos individuales resultará incurable.

Pero no se puede soslayar que el problema es tanto más serio en cuanto que lo que ocurrió patológicamente en la Legión es sólo la exarcebación al extremo de la cultura católica: donde el sentimiento innato religioso está secuestrado por el dominio jerárquico autonombrado, el control del perdón, la secrecía, la supresión completa del sentido de asamblea que conlleva la palabra ecclesia.

Para el Vaticano, en cambio, la noción de Iglesia es la jerarquía, la de mando romano. Por eso está difícil.