4 de enero de 2010

Izquierda y derecha

Es un hecho notable que en nuestro tiempo, después de siglos de discusiones, acercamiento y alejamientos, de luchas cruentas e incruentas, otra vez en la encrucijada de hoy, el dilema que se presenta a los ciudadanos, a los partidos, a todo mundo, es ¿por cuál tendencia inclinarse, a cuál apoyar, a la izquierda o a la derecha? Lo cierto es que ambas líneas políticas tienen zonas cambiantes, de frontera, que no acaban de definirse o se definen de distinta manera según la época y el espacio en que se dan.

Dos ejemplos de nuestros días, uno en Estados Unidos y otro en México, deben ser motivo de reflexión sobrro hay una más: saber si es posible una posición de cee esta polarización de la política, de la economía y de la vida social. Las interrogantes son las referidas, ¿por quién inclinarse y a quién apoyar?, pentro; si el viejo concepto escolástico y más atrás en el tiempo, aristotélico, del justo medio es dable y puede servir para evitar catástrofes y luchas interminables.

El primer ejemplo es el de Barack Obama, presidente del país que por antonomasia es el campeón del sistema capitalista, defiende simultáneamente dos políticas de su gobierno que en la distinción, digamos clásica de izquierda y derecha serían incompatibles.

Por un lado, levanta con tesón la bandera del destino manifiesto, ahora extendida al mundo entero, y a pesar de su premio Nobel de la Paz envía más soldados al Medio Oriente y confirma para su país el papel de policía del mundo.

Por otro lado, propone, y parece que logrará sacar adelante, una propuesta que cabría perfectamente en una definición de izquierda; me refiero al seguro médico universal, que choca frontalmente con los grandes negocios y las poderosas empresas hospitalarias, los laboratorios y las marcas de medicinas de patente.

El tema fue tratado en forma genial por el cineasta estadunidense Michael Moore, critico feroz, tanto de la vida social de su país como de la actitud de su gobierno; en un documental bien informado, cáustico y certero, desnuda al sistema de seguridad social privada de Estados Unidos. Una de sus mejores escenas es la entrevista a un leguleyo que con cinismo confiesa que su trabajo consiste en encontrar en el historial de los asegurados o en la letra chiquita de los contratos de seguro, fórmulas para no pagar a los clientes de las aseguradoras, así estos hayan sido puntuales en el pago de las primas. La escena inicial es la de un trabajador que muestra una mano a la que le falta un dedo y con buen humor confiesa que perdió tres de ellos en un accidente de trabajo, pero que su seguro sólo le alcanzó para que le rescataran dos.

Parece que el presidente Obama se saldrá con la suya; fue una propuesta de campaña y, con el apoyo de los demócratas, sacará adelante su proyecto de ley.

El otro ejemplo que destaca la imprecisión circunstancial de los conceptos de izquierda y derecha, es un libro publicado en México, de varios autores, con un titulo sin duda revolucionario y exigente: ¡Los pobres no pueden esperar! Este libro, publicado por dos organismos de la Iglesia católica –Cáritas Mexicana IAP y Centro Lindavista–, con el apoyo de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, es un llamado a modificar urgentemente la situación de pobreza extrema de una gran cantidad de compatriotas. Es un llamado, como lo dice la presentación de la obra, escrita por el obispo de Nuevo Laredo, Gustavo Rodríguez Vega, presidente de Cáritas e integrante del Secretariado Social del Episcopado Mexicano, al diálogo y a la acción.

La Iglesia católica, ciertamente, a través de la historia ha sido frecuentemente defensora de los pobres y de los oprimidos frente a los poderosos, pero también sus prelados se han puesto en no pocas ocasiones del lado de los opresores.

En la discusión y disputa políticas de nuestros días en México, sectores católicos importantes, olvidando doctrinas evangélicas claras, defienden a ultranza el sistema capitalista, en especial el libre mercado, ponen a la empresa como institución angular de la sociedad y al dinero como la medida básica del estatus de las personas; esta actitud necesariamente nos hace pensar en el relato bíblico de la adoración del becerro de oro.